Hace
unos días, un canal de TV en Chile grabó con varias cámaras lo peor
de los peruanos, lo juntó con esfuerzo, lo editó con destreza y lo
propaló con el rancio odio que los chilenos sinceros suelen sentir por
sus vecinos –la Argentina que los aplasta contra la cordillera, el
Perú que les impide hacerse con Cuajone y anexos, la Bolivia impura que
es un obstáculo para el gas de Tarija y la balcanización de la llamada
Nación Camba, al sur de ese país mutilado–.
si
los chilenos le pudieran declarar la guerra al océano Pacífico para
que retrocediera varias centenas de kilómetros y les abriera el tesoro
de más chuquicamatas, pues lo harían
Muchos
peruanos de la diáspora hablan cada vez que pueden del racismo –y la
prensa incondicional les hace eco– pero yo los he visto –y padecido–
haciéndose insoportables en Madrid
Es
decir, que si los chilenos le pudieran declarar la guerra al océano
Pacífico para que retrocediera varias centenas de kilómetros y les
abriera el tesoro de más chuquicamatas, pues lo harían. Y como no lo
pueden hacer, pues se gastan mil doscientos millones de dólares anuales
en comprar armas ofensivas –con algunas de las cuales acaban de crear
las nuevas y poderosas divisiones tácticas Iquique y Arica, donde
operarán los super blindados Leopard–.
Dicho
esto, vayamos a lo nuestro. Que los chilenos nos odien no significa que
los peruanos de la diáspora no produzcan, a veces, un rechazo violento
que tiene que ver más con los hábitos, la cultura y el civismo que con
el color de la piel o el cantito del dejo.
El
silencio es el mayor enemigo del peruano común: borracheras a gritos,
fiestas sin consideración por el de al lado. Y todo esto unido a una
cierta inclinación por lo tramposo, por lo sórdido
Muchos
peruanos de la diáspora hablan cada vez que pueden del racismo –y la
prensa incondicional les hace eco– pero yo los he visto –y padecido–
haciéndose insoportables en Madrid. Los he visto, para mi vergüenza,
haciendo del parque del Retiro un basural, un tecnocumbiódromo a todo
volumen, un urinario salvaje, un guáter bajo la luz del atardecer de un
domingo con poca vigilancia. Y los he visto en la prensa, retratados por
la policía, después de asaltar en Barcelona, poner un locutorio
clandestino en Madrid, conducir ebrios y sin licencia en Andalucía,
entrar a saco en algún Corte Inglés.
Amo
a mi país y respeto a quienes lo dignifican, entre ellos a cientos de
miles que se fueron para encontrar trabajo honrado y digno. Pero cada
día detesto más el muladar de hábitos que veo a mi alrededor
Y
en demasiadas ocasiones no es el racismo el que los mira con su ojo de
legaña purulenta: es el espanto de gente civilizada que los ve
arrojando un envase de lo que sea desde un tren de cercanías, haciendo
una fiesta de estruendo en el piso que subarrendaron fuera de la ley,
peleándose, como si fueran navajeros de la peor España negra, a la
salida de un bautizo que obligó a los vecinos a quejarse donde la
Guardia Civil.
La
indignación de los chilenos que se expresaban en aquel documental no
parecía memoriosa ni histórica sino de lo más anecdótica y
actualísima: los peruanos –se quejaban– habían cambiado
radicalmente el modo de vivir de ese vecindario. Y lo primero que
habían hecho era salir en pandilla y matar todo rastro de silencio,
porque el silencio es el mayor enemigo del peruano común: borracheras a
gritos, fiestas sin consideración por el de al lado. Y todo esto unido
a una cierta inclinación por lo tramposo, por lo sórdido y, a veces,
hasta por lo mugriento.
La
verdad es que me importa un rábano si algún lector de este periódico
se siente ofendido por lo que escribo: a mí me ha ofendido, durante
demasiados años, ver a peruanos burlándose de las colas en el
aeropuerto de Maiquetía, escondiendo maletas de mano para pasarlas de
contrabando en Ezeiza, queriendo pasar una visa de Azángaro en París,
burlando una luz roja en la ruta a Lisboa, bebiendo como vomitadores
inminentes en cualquier avión.
¿Cuándo
se produjo ese divorcio suicida entre lo popular y lo culto? ¿Cuándo
fue que los obreros de Vitarte, con Delfín Lévano a la cabeza,
desaparecieron y en su lugar vinieron los matones de Construcción
Civil, los maras de Matute, el Puma Carranza en vez de Lolo Fernández?
… ¿Cuándo sucedió todo esto? Zavalita tiene que saberlo. Se lo
preguntaré.
Y
ya era hora de que me desfogara y contara todo esto, para horror del
patriotismo lumpen y del nacionalismo de la cerveza “Cristal”, que
ahora es más sudafricana que Mandela, y el “No nos ganan” de don
Augusto Ferrando, flor de peruano que hacía carrusel mañoso con sus
premios.
Amo
a mi país y respeto a quienes lo dignifican, entre ellos a cientos de
miles que se fueron para encontrar trabajo honrado y digno. Pero cada
día detesto más el muladar de hábitos que veo a mi alrededor. Y
comprendo, por eso, la repulsión que, más allá de nuestras fronteras,
provoca ese modo canalla de entender la convivencia. Y ese modo canalla
de entender la convivencia –a mí que no me vengan– nada tiene que
ver con el color de la piel. Conozco a indios que podrían haber cenado
con ese zambo aristócrata y espléndido que se llamó Abraham
Valdelomar. Conozco a cholos dignos de cualquier principado. He visto a
peruanos de la mulatería asombrar en centros académicos del
extranjero. Me hubiera fascinado entrevistar a José María Arguedas,
darle la mano a César Atahualpa Rodríguez, conocer a Pedro Zulen. Qué
leguas y escombreras separan a esa gente ilustre, sin embargo, del Perú
actual. Para decirlo de otra manera: qué poco le debe el Perú de las
teleseries de Canal 2 a lo que alguna vez pudo llamarse una cierta
cultura peruana. ¿Cuándo se produjo ese divorcio suicida entre lo
popular y lo culto? ¿Cuándo fue que los obreros de Vitarte, con
Delfín Lévano a la cabeza, desaparecieron y en su lugar vinieron los
matones de Construcción Civil, los maras de Matute, el Puma Carranza en
vez de Lolo Fernández? ¿Y por qué el Cholo Sotil, que era una nueva
síntesis llena de promesas, llegó a ser el resbaloso Chapulín el
dulce? ¿Cuándo sucedió todo esto? Zavalita tiene que saberlo. Se lo
preguntaré.